Matzá
y mate amargo
No parecía que fuera a ser un día diferente a los demás cuando me levanté por la mañana, estaba mi mamá y mis hermanas ocupadas en la casa de manera usual, eso a mí no me afectaba en mi condición de único hijo varón
Cuando
me senté a tomar la leche, noté la ausencia de mis habituales galletitas,
reclamé por ellas (sin levantarme a buscarlas) y ahí fue cuando mi hermana
Sara con su habitual delicadeza me espetó: hoy no se come pan ¡tarado!¡no sabés
que ya es pesaj?
Es obvio que su pedagogía no estaba muy desarrollada, le solicité mis galletitas a mi hermana Hilda, quien se dignó a darme una “galleta flaca” y sin gusto, diciéndome ¡comé matzá!
Como
no se me prestaba atención en el
hogar salí al exterior, mi
padre estaba afilando unos cuchillos con especial esmero, los revisaba una y
otra vez, pasando un dedo por sus afilados bordes.
Lo
saludé con un beso y le pregunté por mis galletitas dulces y por ese famoso
pesaj. Mi padre se tomó su tiempo como buen criollo, armó un cigarro y en
forma pausada me relató la historia del éxodo de Egipto y el porqué de mis
galletitas negadas.
No
le dije que ya la sabía por boca de mi madre, era un honor muy especial tenerlo
a mi viejo contándome historias como para interrumpirlo y cortar ese relato tan
hermoso.
Se
supone que yo sabía ahora de que se trataba el pesaj y porque no me daban mis
galletitas, pero nadie me explicó todo lo que vendría después.
En
principio no pude salir a cabalgar con mi tordillito como siempre lo hacía, ya
que mi mamá salió de la casa limpiándose las manos en su delantal y me
dijo:!itzik!, ¡ te toca agarrar las gallinas!.
Ahí
empezó la aventura, correr a las gallinas que mis hermanas señalaban y yo con
mi perrito me empeñaba en capturar.
¡la
bataraza!,!la bataraza!, yo corría hasta capturarla y mis hermanas decían:!no
está flaca!!buscá otra!..
¡el
pollo colorado!, yo lo capturaba después de una corrida alentado por mis
superioras y cuando lo traía, asido por sus extremidades, me decían.!no es muy
chico aún!.
Luego
de varios intentos fallidos, conseguimos una decena de pollos para la cena de
pesaj.
Esta
vez fue mi padre el shoijet (matarife), cada ave fue llevada bajo el árbol
de paraíso, mi padre separaba cuidadosamente el plumaje del cuello y después
de recitar una bendición, pegaba un único golpe con su cuchillo y el “cogote
“se desprendía limpiamente del resto del cuerpo de la gallina sacrificada.
Era
más “divertido” cuando papá no veía y nosotros retorcíamos el cuello de
la víctima, sólo años después supe porque eso lo hacíamos solo en ausencia
de mi padre y se lo ocultábamos luego.
Fuentones
con agua caliente y...!a pelar pollos! Se ha dicho, mis tres hermanas y mi madre
se abocaron a desplumar y yo como siempre, sin hacer nada igual terminé lleno
de plumas hasta la cabeza.
Por
la tarde, limpieza general, mi madre me sumergió en una tina con mate cocido y
me fregó todo el cuerpo con esponja dura y jabón blanco.
Mis
hermanas se creían con derecho sobre mí cual si fuera su muñeco de juguete y
todas colaboraron para humillarme, una me frotó el cuello, otra me revisó las
orejas y la tercera, mis uñas “de luto”, todas por supuesto coincidían en
que yo era un “shmutzik”(mugriento ).
Llegó
la gran noche, la casa relucía, creo que hasta las paredes de adobe con revoque
a la cal blanqueadas, estaban más blancas que nunca.
Una
gran mesa con níveo mantel y puntillas que yo desconocía, dos candelabros
relucientes, cuyas velas ardiendo complementaban la luz que el “sol de
noche” brindaba usualmente al lugar.
Mi
padre estaba vestido con una camisa blanca y lucía un sombrero que parecía (o
era )nuevo, su rostro estaba recién rasurado y se veía que la fregadora lo había
alcanzado también a el.
Mamá
, como siempre estaba hermosa pese a la agotadora jornada previa, mis hermanas
luciendo sus trenzas y moños vestían claros vestidos de broderie.
Empezó
a llegar gente, para mí había muchos desconocidos que saludaban alegres y a mí
sin excepción me pellizcaban un cachete o me babeaban al besarme.
De
pronto, gran silencio, mi viejo sentado a la cabecera, se irguió cuan alto era,
con un libro muy viejo en su mano izquierda y con una copa de vino en su
diestra, saludó en hebreo y cantó un kidush (bendición del vino ) muy
solemne que arrancó lágrimas en los ojos de mi madre.
Luego
empezó a leer y leer, yo no entendía nada, pero bien que me dio envidia cuando
mi hermana Perla se levantó y dijo las “fir cashes”(cuatro preguntas
), todos la admiraban (a mí ni me veían ) y se conmovieron ante su recitado
incomprensible.
Éramos
muchos en la mesa, casi todos forasteros, tiempo después me explicaron que papá
se dirigía al pueblo y a los puestos militares trayendo a toda persona judía
que no tuviera una mesa propia donde rememorar la salida de Egipto y el logro de
la liberación.
Así
que en la mesa había dos muchachos conscriptos, un changarín de la estación y
el turco Jaime, un mercachifle de quien nunca sospechara que fuera judío como
nosotros.
La
cena fue memorable, todos cantaron canciones por mi desconocidas hasta entonces,
pero también muchos lloraron pues tenían en sus corazones otros sedarim
(cenas pascales) vividas en lejanos países , épocas o sitios.
Mi
papá parecía un gran patriarca dirigiendo la charla, sin embargo estuvo atento
a reconvenirme cuando hice la primer macana de la noche.
Yo
veía tantas copas de vino que acordándome de mi “trabajo” colocando las
uvas de a una en la damajuana para crear este “vishnek”(vino festivo)
, decidí tomar una de las copas y probar el dulce néctar.
¡Itzik
no! Me cortó mi viejo, mirándome con esas miradas que asustan, ¡es la copa
del profeta Elías y no se debe tocar ¡me dijo a continuación.
Me
explicó que en cada mesa de pesaj se pone una copa para el profeta , que viene
y moja en ella sus labios, con lo cual bendice el hogar en que se la ofrecieron.
Yo me quedé esperando a ese viejito con barba blanca que vendría a tomar “mi
vishnek” , hasta que el sueño
me venció.
Antes
que eso ocurriera, tuve que “soportar” que mis hermanas se lucieran delante
de todos, Perla dijo las cuatro preguntas, Hilda explicó porque comíamos el jaroshet
que ella preparara en recuerdo de la argamasa que utilizaban los esclavos judíos
y Sara se mandó la parte cantando en idish”ich ob guehat a tzíguele”(yo
tenía un cabrito ),siendo todas ellas muy festejadas.
Cuando
el vino me hizo efecto, seguí viendo a mi familia cantando, riendo y llorando
en recuerdo de nuestra esclavitud y posterior liberación.
A
la mañana siguiente, “me caí de
la cama” temprano, mi papá ya estaba levantado y sentado a la mesa leyendo su
libro de la víspera, comiendo matzá y tomando mate.
Me
senté a su lado después de besarlo, sabía que no habría galletitas, por
tanto tampoco pedí la leche, mi viejo me dio un trozo de matas y por primera
vez me convidó con su mate.
Tanto
uno como el otro eran amargos, pero los endulzó mi padre al narrarme sobre la
epopeya de Egipto.
Seguramente
por encima de mi entendimiento, me contó de los hombres que siguen siendo
esclavos, no ya del faraón sino de otros amos, me habló sobre la libertad y
sobre lo que representa la pérdida de la misma.
Yo
era pequeño y seguramente algo lento de entendederas, lo que más quedó en mí,
no fueron las palabras, sino ese matas sin gusto y esos mates amargos y fuertes
cuya aceptación era como una entrada de favor al mundo de los adultos.
La
segunda noche también fue festiva, todos cantaban, reían o lloraban mientras
por la puerta abierta, se veía un cielo lleno de estrellas y una luna
sonriente, como seguramente tuvieron mis hermanos al ser liberados de la
esclavitud en Egipto.
Toda
la semana fue sin leche ni galletitas, yo me acostaba temprano para poder
levantarme antes por la mañana a compartir con mi padre esos momentos mágicos
hechos de relatos ,miradas , matzá y mate amargo.
Han
pasado casi 50 años de estos hechos, yo no sabía entonces que pocos años
después, me correspondería presidir los sedarim de mi familia ante la temprana
ausencia de mi viejo.
Hoy
a la distancia, valoro los recuerdos, me doy cuenta de cuan difícil fue poder
mantener la continuidad judaica y transmitir a los hijos en medio de un entorno
que nada tenía en común con nuestro pasado histórico.
Era
difícil vivir como judíos, casi imposible el contacto con las grandes
comunidades hebreas, sin embargo, se
logró (al menos en mi hogar )mantener esos lazos invisibles que ligan a las
generaciones cuando el jefe de familia recibe a sus invitados y después de
bendecirlos por venir, comienza la ceremonia diciendo:Abadim ainu le paró be
mitzraim (esclavos fuimos del faraón en Egipto).
A
mi , como hijo de un hogar de colonos judíos, me queda el recuerdo de pesaj
asociado a esas mañanas junto a mi viejo en la cocina, oyendo sus palabras y
saboreando el matas con los mates amargos.
Mis
hijos tendrán otros recuerdos, quiera D” que sean tan hermosos como los míos
cada vez que recibo a los invitados en la noche de pesaj y comienzo el relato
diciendo: Esclavos fuimos de faraón en Egipto
! JAG
SAMEAJ!